sábado, 21 de febrero de 2015

         “Yo de pequeña, tuve la suerte de que mi madre tenía una pequeña finca en La Rioja, y en verano me podía meter en los bosques, y mi madre se asustaba. ¿Qué haces allí?, me decía. Estar, le decía yo, me encantaba estar allí”. En Mansilla de la Sierra, Ana María Matute conoció la vida rural, el bosque al que adoraba como potenciador de su imaginación pero también descubrió la miseria en los niños del pueblo: “Sin aquellos veranos, no habría sabido nunca cómo vivían otros niños. Todo esto, sin entenderlo, me dolía”.
      Esto lo decía la propia Ana María Matute en una entrevista. Explicaba que ella había tenido la suerte de conocer la naturaleza, a pesar de haber nacido en una gran ciudad como Barcelona. Los abuelos maternos de Ana María Matute tenían una casa en una población de La Rioja llamada Mansilla de la Sierra, donde ella disfrutaba de sus vacaciones: “Mi madre había nacido allí y allí había conocido a mi padre, que veraneaba en el pueblo, cuando solo tenían cinco y ocho años. La finca familiar se llamaba La Fundición y era un enorme caserón que quedaba un poco alejado del pueblo”, “En la hora de la siesta, cuando el sol apretaba y los mayores dormían, nos escapábamos. Íbamos al río, discutíamos, intentábamos pescar, corríamos sin parar...”.
       El antiguo Mansilla de la Sierra desapareció bajo las aguas del pantano de Mansilla, quedando sus casas de piedra blasonadas bajo las aguas. Todo el pueblo de Mansilla era una joya arquitectónica. El río Gaton atravesaba el pueblo de norte a sur y había numerosos puentes que unían las dos márgenes del río. 
        Mansilla contaba también con un palacio a orillas del río Najerilla y en la afueras, el río Cambrones que regaba las huertas y daba de beber al ganado.
      Pero hace ahora cincuenta y cinco años el gobierno de Franco decidió llevar a cabo una obra que ya había sido proyectada por la república y que había quedado en suspenso a causa de la Guerra Civil. Se estudiaron otras alternativas que no contemplaban inundar el pueblo pero como resultaban más costosas finalmente se decidió su inundación. 
      Un domingo de Ramos de 1960, los vecinos de Mansilla tuvieron que abandonar sus casas en el antiguo pueblo para trasladarse al nuevo Mansilla y el pueblo quedó bajo las aguas. Asimismo, quedaron también los recuerdos de infancia de la escritora.
      “El pantano me robó el paraíso”.

        Estos dos relatos pertenecen a la obra titulada “El río”. Esta obra es la única realmente autobiográfica, reconocida por la propia autora. Evoca aquel viejo Mansilla de la Sierra, que habita en los recuerdos de su niñez junto con la niña que ella fue y ya no volvió. La niña quedó también cubierta por las aguas del transcurrir de su vida: “Después de once años, he vuelto a Mansilla de la Sierra, el paisaje de mi niñez. El pantano ha cubierto ya el viejo pueblo, y un grupo de casas blancas, demasiado nuevas y como asombradas, resplandecen en el verdor húmedo de otoño...
      ...No sé adónde fueron su agua verde y oro, su caz umbrío, sus orillas invadidas de menta. Dicen que está ahí, donde el agua se ha ensanchado, tomando un tinte espeso, del color del miedo, e inundándolo todo. Pero no entiendo estas cosas. En el fondo del pantano vivirá aún aquel río. Y, cerrando los ojos, lo veo intacto como un milagro. Un río de oro que corre hacia algún lugar de donde no se vuelve, como la vida”.
        Sesenta años más tarde, dedicó, al bosque, su discurso de toma de posesión del sillón K en la Real Academia Española: “Para mí es el espacio de la imaginación y de la fantasía. Es la historia de todas las historias que siempre quise contar”. “Todos los juguetes, todas las cosas bellas se las arrebatan a los niños. Y a mí me quitaron el pueblo, el río, el bosque”.

         En estos dos relatos cortos, tanto en “La selva” como en “La puerta de la luna” la autora hace alusión a los elementos de la naturaleza que Ana María Matute utiliza habitualmente, con carácter simbólico. 
        Tanto en “La selva”, en la “Puerta de la luna”, así como también en la mayor parte de sus obras, Ana María Matute, otorga una presencia constante a la imagen de la luna, así como también, al paisaje natural, en particular, al bosque y por supuesto, al río. 
        La luna simboliza lo variable, lo que irremediablemente cambia, debido a su naturaleza. Probablemente, en el relato “La puerta de la luna”, la luna simboliza la inevitable perdida de la infancia y el paso a la edad adulta. El titulo de este relato es en su totalidad simbólico. En aquel antiguo Mansilla de la Sierra, ya desaparecido, se encuentra la puerta de la luna, desierta y abandonada. Aquella puerta de la luna, dejó paso a la madurez.
        El bosque y el río, la naturaleza, tiene un vínculo personal, estrecho con el desarrollo interior de los protagonistas. 
        Al igual que el bosque, el río formaba parte fundamental del paisaje de Mansilla de la Sierra, un lugar de importancia transcendental tanto para la vida como para la trayectoria literaria de Ana María Matute. 
        Ana María Matute comienza esta obra, a la que pertenecen tanto “la selva” como “La puerta de la luna”, con un artículo sobre el recuerdo del río de Mansilla de la Sierra: “Y, cerrando los ojos, lo veo intacto como un milagro. Un río de oro que corre hacia algún lugar de donde no se vuelve, como la vida”. Para la autora, el río es el símbolo del fluir temporal de la vida.
        Por medio del análisis de los paisajes naturales de la luna, el bosque y el río podemos observar que Ana María Matute utiliza la personificación, al humanizar la naturaleza como medio para canalizar el mundo interior.
        La sensación de intimidad que produce el bosque en su obra, viene dada por su experiencia de niña en aquel antiguo Mansilla de la Sierra. 
         Ana María Matute utiliza en sus obras un lenguaje lírico y muy subjetivo. Ella opinaba que la poesía era el genero literario que más le atraía pero que no era capaz de practicarlo. Además consideraba que el relato corto era el género que más podía acercarse al poético. Ana María Matute decía que en el relato corto como en la poesía se puede dar lo máximo con lo mínimo. (Pilar Aguilar)


















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